El racismo televisado
Vídeo, minuto 8:44: http://www.rtve.es/infantil/videos-juegos/videos/lunnis/todos/480-palillos-chinos/900352/
La moraleja del vídeo es “aprender las costumbres de otros lugares nos enriquece y nos hace más sabios”, pero para ilustrarla muestran a un muñeco amarillo, vestido como en la Dinastía Tang, y hablando de forma cómica y defectuosa sin poner ni una sola “r” en su sitio delante de unos pseudocaracteres chinos.
En otra serie en la que colabora RTVE, Marco Antonio, se redunda en estereotipos raciales: De nuevo un chino mandarín (diabólico) y un par de blackfaces que harían a más de uno resoplar:

Para mí, esto viene a mostrar lo poco duchos que estamos en España en eso de ser una sociedad mezclada. En EEUU, la experiencia como melting pot y una preocupación por la PC a flor de piel, este tipo de representaciones raciales provocarían un aluvión de críticas y la furia de asociaciones de las minorías afectadas. Aquí, seguimos cayendo en estas representaciones (inocentemente o no), pensando (si alguien nos llama la atención sobre ellas) que son bienintencionadas.
Hace dos días que sonaba la canción del Colacao en la tele, y uno que llevábamos las infames bolsas de Conguitos. Aún hoy seguimos pintando la cara de negro a un Pepe López cualquiera para hacer de Baltasar en las cabalgatas de Reyes.
Los niños no saben de diferenciaciones raciales hasta que les son inculcadas por los adultos. Aunque no creo que lo ideal sea una interpretación daltónica de una sociedad plural y mezclada, acercar a los niños al concepto de los otros de una manera tan poco elaborada y simplista dice poco de quien programa estos contenidos en la tele. Máxime porque todos somos parte de “los otros” para alguien, aunque el hecho de vivir como mayoría privilegiada en nuestro país nos impida darnos cuenta.
Mis disculpas: Este “artículo” también versa sobre periodismo, tema del que sé poquísimo, y sobre el que me permito el lujo de opinar.
Se trata de la exposición clara y concisa por parte del periodista o el responsable de una columna, de las ideas, opiniones o juicios propios , expuestos en forma crítica a la opinión pública.
(Del lat. iudicĭum).
1. m. Facultad del alma, por la que el hombre puede distinguir el bien del mal y lo verdadero de lo falso.
2. m. Estado de sana razón opuesto a locura o delirio. Está en su juicio. Está fuera de juicio.
3. m. Opinión, parecer o dictamen.
4. m. Seso, asiento y cordura. Hombre de juicio.
El siguiente artículo de opinión (gracias al enlace de Zaichina) viene a demostrar que en los artículos de opinión caben los juicios del opinante, pero también los prejuicios. Y demuestra que dichos prejuicios pueden encontrar resonancia y ser publicados en un periódico de tirada nacional.
Se titula La bomba china y está firmado por un tal Alfonso Rojo para ABC. Mi intención no es perder mi tiempo analizándolo, pero es de una comicidad extrema: El periodista consigue de manera magistral reunir en unas líneas buena parte de los bulos que circulan a pie de calle sobre China/inmigrantes. La diferencia estriba en que estos prejuicios, verdades a medias o falsedades enteras nos los encontramos en el ABC elevados a la categoría de “verdad”, y no en la tasca de la esquina.
Vamos allá:
La bomba china
Lo de China no es que inquiete; espanta.
Olvídense de esa leyenda urbana según la cual la razón por la que nunca vemos esquelas de chinos en los periódicos es porque trocean delicadamente a los que fallecen y los echan al chop-suey
Algo chirría en las estadísticas (…) cada día encontramos más asiáticos detrás de los mostradores de los todo a 100 y en los restaurantes étnicos, lo que alimenta la tesis de que se cuelan por el aeropuerto de Barajas a mogollón, aprovechando que a los ojos de un occidental casi todos se parecen.
Cosas aparte, lo de China es para echarse a temblar.
Bien, dejemos a los chinorris y a sus muertos, y vayamos al plato principal: China. Agarrémonos los machos:
El país, el más grande de Asia y el más poblado del mundo, es ya el primer consumidor de energía del planeta, por delante de los mismísimos Estados Unidos.
Entre los récords que ostenta, destaca (…) como no podía ser de otra manera, en accidentes laborales, desastres ecológicos y epidemias raras.
Si sólo fuera lo anterior, uno podría respirar, pero es que también es el país con mayor número de ejecuciones al año. (…) cada año se apiolan a unos 1.700 desventurados. Casi siempre de un balazo en la nuca, que paga la familia del condenado, para ahorrar.
En fin, todo un muestrario de sabiduría popular en unas líneas (por cuya excreción es pagado el periodista, suponemos). Pero no quiero equivocarme: Estoy segura de que antes de publicar nada, obtuvo todos los datos estadísticos de la mano del mismo Hu JinTao (China no suelta prenda con nadie, pero con él seguro que sí lo hizo), y además se pateó los restaurantes “étnicos” (sic) de España entera para comprobar que, los cada vez más abundantes chinitos, están riquísimos en el chop suey.
Hoy vengo a hablar de los diminutivos.
De los que hablan de “negritos” y de “chinitos”, pensando que así disimulan su racismo, que lo camuflan, que lo empequeñecen.
Los diminutivos parecen inofensivos, pero están cargados de veneno.
Un abogado cualquiera, cansado de que acudieran amigos a su despacho para hacerle “una consultita” por la cara, colgó en zona bien visible un cartel que decía lo siguiente:
Precio de la consulta: 60 euros.
Precio de la consultita: 60 euritos.
Un euro y un eurito son lo mismo al cambio. Un racista y un racistita son igual de poco gratos a mis ojos. Me atrevo a afirmar, incluso, que los racistitas se me atragantan con más facilidad. Hoy me he topado con unas racistitas, que me han dicho sobre mi hija:
Es chinilla, pero es muy guapa.
No sé si me cabrea más el diminutivo, o la muy sutil conjunción adversativa (es un ejemplo que habría hecho las delicias de mi profesora de “Pragmatics” en la carrera).
Si no vas a distinguir al de la foto de arriba por el color de su camisa, sino
por el de su piel, al menos llama a las cosas por su nombre. Negro o negrito, ambas palabras hacen referencia a la otredad, a su pertenencia a un conjunto, a la diferencia de nosotros. El maldito diminutivo pretende darle una pátina de simpatía a un adjetivo que, en muchas ocasiones, está revestido de racismo, con diminutivo o sin él. El racismo nunca me es simpático, y no me importa si decides terminarlo en -ito, -illo, o -uco.
A veces echo de menos vivir en un sitio más políticamente correcto, aunque sea igual de racista.
No puedo. He intentado armarme de filosofía ZEN. He intentado racionalizarlo.
Leí vuestros consejos. Sin embargo, a veces pienso que no es tanto un problema de hipersensibilidad por mi parte, sino de falta de tino de algunas personas (dejémoslo en una combinación de ambos factores). No entiendo qué mecanismo de pensamiento cruza sus cabezas cuando me hacen algún comentario.
Ejemplo de hace un mes:
Ejemplo de hace dos semanas:
Ejemplo de ayer:
A veces preferiría vivir en un sitio políticamente correcto hasta la hipocresía, donde la gente se guardase sus comentarios o los hiciera a mis espaldas, pero no delante de mí, escudándose en que lo hacen cariñosamente.
España es un país que tiene ya gran diversidad cultural y racial. Esta circunstancia continuará siendo así. Cada vez se verán más familias interraciales, más mezcla… ¿Tan difícil es ponerse en el lugar del “otro“, medir las palabras antes de que escapen de nuestra boca? ¿Por qué siempre nos centramos en la diferencia, y la inculcamos?
A lo mejor tú dices a ZF “chino capuchino” de forma cariñosa, o cantas “chinito tú chinito yo” a mi hija con todo el amor mientras te estiras los ojos pero, ¿qué ocurre si eres ya la enésima persona que hace lo mismo con el mismo cariño? ¿Qué pasa si prefiero que llames a mi hija con su extrañísimo nombre -Carolina- antes que “chinita”? ¿También vas cantando la canción del Colacao a los que tienen hijos “negritos” o “mulatitos”? (siempre en diminutivo, que se note el amor).
¿Por qué tengo que convivir con esto de buena gana?
Ya me he desahogado.
¡Qué ilusión, vas a tener una chinita! |
Seguro que va a ser guapísima, una muñequita tan exótica. Los chinitos son monísimos. |
A partir de que nazca la china bla bla bla |
¡Qué guay, una chinita! Es que últimamente me va mucho el rollo japo. |
Amigos, familiares, compañeros y conocidos que están al tanto de mis circunstancias, me hacen (sin mala intención por su parte) comentarios como los de arriba (todos son verídicos) que me hacen fruncir el ceño.
¿Por qué me molestan estos comentarios? ¿Cómo debería afrontarlos? ¿Quizás debería relajarme y aceptarlos? Intento diseccionar el porqué de mi disgusto ante estas cosas que me dicen.
[Ejercicio de introspección] Comentarios como los de arriba no me agradan por estos motivos:
-Porque reducen a nuestra hija (qué raro me suena ésto todavía) a sus características… raciales. Al 50% de sus características raciales.
-Porque me parecen prejuiciosos, aunque sean prejuicios a priori positivos (tendrá que ser monísima y sacar buenas notas por el hecho de que su familia paterna sea china).
-Porque tiene nombre, y su nombre no es “la china”.
-¡Etiquetada desde antes de nacer!
-¿Y la parte española, se diluye en la mezcla?
-Porque si estos comentarios se suceden cuando ella haya nacido, la privarán de sus características individuales para meterla en el saco de un colectivo. ¿Puede crearle conflictos?
-Porque algunos comentarios (como el del “rollo japo”, que me hicieron ayer) son de una gilipollez supina, la verdad.
-Porque yo sólo veo… ¡un bebé!

Agradezco de corazón comentarios, consejos, recetas mágicas sobre el tema, si las hubiere.

Hace una semana ZF y yo sacamos a pasear al perro. A unos 20 metros de donde nos encontrábamos caminaban dos matrimonios y 3 niños de -supongamos- de 4 a 10 años. Nada más ver a ZF, los niños se pusieron a gritar:
-¡Chino capuchino! ¡Chino capuchino!
Qué graciosos los mocosetes… Yo estaba convencida de que sus padres (alguno de los adultos) harían algún comentario:
¿Qué dijeron los padres? Nada.
Son los gajes del oficio de quien forma un núcleo familiar “anormal”.
Como novedad, el que esta vez no opinen anglosajones (que suelen clamar al unísono que rueden cabezas) ni españoles (que suelen afirmar que es un gesto amoroso lleno de simpatía). Los que opinan en el artículo de eBpP son los principales interesados: Un puñado de ciudadanos chinos.
El Dragón, el Gigante, el Reino del Centro… Cualquiera de estas fórmulas tan manidas para referirse a China encuentran hueco día tras día en los medios españoles. Detrás de esos epítetos tan poco originales llegan, invariablemente, la desconfianza, la falsedad, incluso el oprobio.
No tengo un pelo de china. Sin embargo, en estas semanas he sentido verdadera vergüenza de los titulares y artículos que he tenido que leer. Opiniones claramente sesgadas, inocentes dibujitos que destilan xenofobia, así como artículos sensacionalistas y poco equilibrados han hallado tribuna en medios públicos.
Una pequeña muestra del material que he ido recopilando:
¡Cuánta xenofobia podemos mostrar en una sencilla viñeta!
En pleno siglo XXI, se sigue dando cabida en los medios a retratos de los chinos como el de arriba, con claras reminiscencias de la época del “Peligro Amarillo” y la “amenaza china” del pasado. Piel amarilla, facciones malévolas, trenza en la cocorota… ¿A qué me recuerda?
Así retrataron a finales del siglo XIX a un inmigrante chino en un periódico australiano. Poco cambian las cosas.
Parece que abundar en estereotipos o infamias es perfectamente plausible para los medios de comunicación españoles, siempre y cuando aquéllos a los que insultan (tanto en la imagen como en el mensaje que quieren transmitir) sean meros chinos, y no Borbones, homosexuales, “personas de color” u otro de esos grupos agraciados con el discurso políticamente correcto oficial.
¿Qué hay de comentarios como el que sigue?
Me pregunto cuan posible sería ver publicado algo como “moros a la mierda, hay que hacer algo con esa gente” en un medio como El Mundo.
Más de un mes después de el pogromo tibetano en Lasa, El País sigue ciñéndose a la No-Evidencia, hablando de la “violenta represión a las revueltas de Lasa”. Que después de más de un mes sigan sosteniendo lo insostenible, contradiciendo las afirmaciones de James Miles y los testimonios y documentos gráficos de testigos occidentales en Lasa, no es más que una forma descarada de ejercer su derecho a desinformar (que también está incluido en la llamada “Libertad de Prensa”). Por su parte, los corresponsales de El Mundo en Asia siguen escribiendo desde el delirio, manifestando claras deficiencias en sus análisis.
Mientras los medios españoles siguen recitando los mantras protibetanos, el mundo se mueve. Si a mí, una simple occidental, cada titular producto de la obsesión antichina me hace más pro-China, ¿qué no van a sentir los propios ciudadanos chinos? Estos días estamos viendo algunos botones de muestra.
Felicidades si has llegado hasta aquí.

Recuerdo que, al principio de la relación con mi novio, me parecía un tormento salir por la calle, y estar bajo el escrutinio de la gente. Algunos nos miraban hipnotizados en el metro; otros retorcían la cabeza a lo Niña del Exorcista.
La convivencia con mi pareja hizo que su “chinidad” me pasase desapercibida. Si miraba nuestro reflejo en un espejo, no veía a un chino con una pecosa, sino a ZF y Olga. Algunos de mis familiares han alcanzado también este punto, pero para otros ZF no deja de ser la pareja exótica de Olga.
Ni qué decir tiene que cuando me aventuro fuera de mi casa con él, seguimos provocando algunas tortícolis a los transeúntes. El día que tengamos churumbeles, me lo huelo, se oirá el “crack” de huesos del cuello varios a nuestro paso.
Con los rasgos físicos (también los étnicos), debe pasar lo mismo que con los acentos: que uno sólo nota los ajenos. Al menos, hasta que te hacen notar los propios. A algunos chinos les sorprende que, para los de fuera, ellos tengan los ojos “rasgados”. Yo, cuando me miro al espejo, no veo mis pecas. De hecho, probablemente me enteré de que eran un rasgo mío “distintivo” cuando mis compañeros de parvulitos se cachondeaban de ellas.
¿Qué es la normalidad? ¿Hay alguien normal por ahí? ¿Cuándo aprenderemos a mirar “más allá”?
Comentarios